‘Es que estoy contándole mi vida a los dos extraños que más me conocieron y han desaparecido las barreras’. Muerto el perro, Carlos Salem.
Fui a Holanda
porque había soñado varias veces
con un
‘No te vayas nunca’
Hollywoodiano de esos.
Follamos en tu cama
porque no te quedó más remedio
y yo pensaba…
Volví a Madrid y
la rutina mema
taba
y no podía creer que Boston
siguiera existiendo.
Y no podía creer que
los canales siguieran
llevando agua.
Me construí una armadura
para olvidar que
el tiempo me arruga,
te arruga,
nos da por culo.
Me puse una máscara
que me ayude a fingir la sonrisa
cuando dentro de treinta años
sigamos sin apostar por nadie.
Me creí unas cuantas de mis propias
mentiras
que hacen más llevaderas
los recuerdos del agua
y de Miami.
Me borré unas cuantas calles
de esas que andábamos los viernes por la tarde
sin rumbo
ni planes moernos;
sin vodka
pero con bicis y pianos.
Olvidé tus manos a posta.
Pero no olvidé tus manos.
A mitad de marzo llovía en la Complutense
y la metralla de la Guerra Civil todavía puede verse en la
Facultad de Medicina.
A mitad de marzo se hizo de noche a las ocho
y tus manos me tocaban en el párking.
Y no estabas.
