Ahora
sí. Ahora ya sí que estaba resignada a observar el paso de los días desde la
barrera. Se había acostumbrado tanto a la rutina, tan profundamente, que la
rutina se le había metido en las pequeñas cavidades que quedan dentro de los
huesos, estaba dentro de sus órganos huecos. Nada le sorprendía: ni los
huracanes, ni las muertes, ni el hambre, ni las manifestaciones, ni los besos,
ni los monos, ni los disfraces. Observaba indiferente el paso de los días. No
se paraba a pensar en lo elegantes que resultaban las manos de Isaac cuando
pasaba las páginas de los libros o cuando cocinada algo sencillo para cenar.
Comía sin gracia, sin avaricia, sin prisa y sin ganas. A veces ni siquiera
comía. Él tenía que recordarle muchas veces que había que hacer la compra, porque la nevera temblaba y hacía eco. Podía pasar días enteros leyendo y no
sacar ni una sola conclusión de aquellos libros gordos o flacos, pero siempre
de encuadernación barata, que poblaban su mesilla. Su mesilla era un bosque, su
cabeza era un bosque, sus ojos eran un bosque durante aquellos meses. Hablar
con ella era como intentar hacerse paso en ese bosque: uno se cansaba antes de
llegar al final de la primera frase. Al principio ella divagaba sin parar
aunque sabía que no la escuchaban. Luego dejó de hablar.
Una
tarde de niebla, Isaac volvió a la casa y se la encontró desmayada en la
salita. Había un pequeño charco de sangre espesa y una aguja en el suelo. Su
boca había quedado a medio coser. Parece que por fin había encontrado la respuesta.

