Me interrogo bajo la luz del flexo: '¡¿En qué clase de cobarde te has convertido?!'
Ahora que sé la respuesta, la respuesta me duele. Engañarse es cómodo,
pero el vacío...
Conocer es poder y yo no puedo.
Miedo. Otra vez y como siempre.
Miedo a mi cuerpo,
miedo a no saber controlar mi mente,
miedo a las expectativas y a las opiniones.
Miedo a la pobreza y a las enfermedades
y a la contaminación y a la comida
y a las violaciones
y a la soledad.
A que no me quieran y a romper moldes y a dejar de depilarme.
Miedo a quererte demasiado
o más de lo que tú me quieres
y a decir lo que genuinamente pienso
y a donar sangre y a la declaración de la renta y a no cotizar lo suficiente.
Y miedo a mi CV y al de los demás,
a las estufas y a las estafas,
al calor del Sur en verano y a mi genética.
Miedo a no tener hijos y a tenerlos,
a la riqueza,
a que descubran que realmente no sé nada de nada,
miedo a quedarme en blanco en el examen,
a acabar la Carrera y a no acabarla.
Miedo a las muchedumbres,
a la policía, a los atascos, al ejército y a las armas.
Miedo a resignarme.
A que acabes por quererme;
a que me olvides o a que me descubras y se lo cuentes a todos riéndote.
Miedo a la libertad. Tanto si existe como si no existe.

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